Frente al resplandor azul de la pantalla, ella ensaya su mejor ángulo de abandono. Sabe que la soledad no es la ausencia de otros, sino el exceso de reflejos que no devuelven el tacto.
Publica una foto de su cena para dos: un plato lleno, el otro vacío como un bostezo. El epígrafe dice «Plenitud», porque en este juego de espejos digitales, la palabra es el disfraz del hambre. Los "me gusta" comienzan a llover, pequeñas gotas de luz que resbalan por el vidrio sin mojarla. Cada notificación es un simulacro de caricia, un eco en un túnel de fibra óptica donde las personas —o quizás su espectro algorítmico— parece acechar entre los comentarios, recordándole que en la red todos somos búsqueda y nadie es hallazgo.
Ella desliza el dedo por el muro infinito, esa cinta de Moebius donde el deseo se muerde la cola. Se siente más acompañada que nunca por miles de desconocidos que, al igual que ella, están gritando en silencio hacia el mismo vacío iluminado. Al final, apaga el dispositivo. La oscuridad de la habitación se vuelve absoluta, pero el rectángulo de cristal sigue vibrando sobre la mesa, como un corazón artificial que late por una dueña que ya se olvidó de cómo estar sola sin testigos.