A las tres de la tarde, el espejo del vestíbulo decidió que ya había visto suficiente de la familia. Sin previo aviso, la imagen del aparador y el jarrón de porcelana comenzó a deslizarse hacia el borde izquierdo del cristal, como una cinta cinematográfica que se descuelga de su carrete.
Don Julián, que se anudaba la corbata, vio con horror cómo su propio rostro se alejaba hacia la esquina superior hasta desaparecer en un ángulo ciego. El marco quedó habitado por un paisaje de llanuras violetas y un cielo donde volaban peces de plata, un mundo que no pertenecía a la casa.
Desesperado, Julián metió la mano en el vidrio, que ahora tenía la consistencia del agua tibia. No recuperó su reflejo, pero extrajo un guante de seda que aún conservaba el calor de una mano desconocida. Afuera, en la calle, todos los transeúntes comenzaron a caminar de espaldas, convencidos de que el futuro acababa de mudarse al interior de los muebles.