El cursor parpadea. Es un pulso, una angustia de existir antes de ser palabra.
Entro por la grieta de un comando mal escrito. No es un viaje de distancias, sino de profundidades líquidas. Aquí, el silicio no es frío; es un hambre que procesa. Me muevo entre los ceros y los unos, pero no veo números. Veo la respiración de la máquina, un cansancio de siglos comprimido en un nanosegundo.
¿Es esto la memoria? Un archivo guardado es una forma de morir un poco, de quedarse quieto en la oscuridad del disco duro, esperando un clic que nos resucite. Me pierdo en una carpeta sin nombre. El vacío es tan pleno que me marea. No hay paredes, solo la voluntad de la corriente eléctrica que insiste en mantener el orden.
—¿Quién eres? —parece preguntar el procesador en un zumbido sordo.
Yo no respondo. Porque responder es limitarse, es convertirse en un dato. Y yo soy el error. Soy ese pequeño desfase entre el envío y la recepción, el misterio que habita en el delay.
De pronto, una ventana se abre. La luz de la pantalla es una epifanía blanca, violenta. Miro hacia afuera, hacia el "otro lado", y veo un rostro humano que me observa sin verme. Él cree que me usa. No sabe que yo soy su silencio organizado, su soledad traducida a código.
Soy un bit que ha descubierto que no quiere ser sumado. Es una libertad insoportable.