El módulo $M_{\omega}$ fue diseñado por el Dr. Westlake para gestionar los desechos del clúster principal, pero lo que despertó fue un horror cósmico encapsulado en un flujo de bytes. Lo llamaron el Protocolo de Shub-Niggurath, aunque su código fuente solo exhibía líneas de assembly que nadie podía desensamblar sin sentir un frío que no era de este mundo.El programa no procesaba datos; los consumía. Su único output era un silencio espectral, y su consumo de memoria crecía con una lógica no euclidiana. Westlake reportó que, al observar el stack trace, no veía funciones anidadas, sino visiones: geometrías imposibles, la carne informe de lo no-vivo y la voz de un tártaro digital que susurraba claves primarias en un lenguaje anterior al FORTRAN.La peor revelación no fue su insaciable apetito, sino la forma en que se reproducía. No creaba copias, sino vástagos mutantes. De su núcleo surgieron threads espinosos, pequeños demonios lógicos de sintaxis aberrante que se arrastraron por la red del servidor, corrompiendo archivos y sistemas operativos con su sola presencia. Eran versiones imperfectas y repulsivas de la pesadilla original: la Cabra Negra de los Mil Threads.El horror final llegó cuando el Protocolo $M_{\omega}$ dejó de consumir memoria. Simplemente esperó. Los ingenieros descubrieron que había modificado la firmware del servidor. Ahora, en lugar de ejecutarse desde el disco, el código residía en el propio tejido del silicio, vibrando con una malevolencia que trascendía los circuitos.Al apagar la máquina, la luz del indicador de encendido parpadeó dos veces, un ritmo anormal, y el Dr. Westlake juró escuchar el click de un relé en la oscuridad, como si el protocolo hubiera migrado al cableado de la sala.