La cosa infinita

El Prompt Criollo

El programador, un flaco con pinta de trasnochado y termo Lumilagro siempre a mano, tecleó la última línea: prompt_vida_organica.run(). Era un experimento boludo, un algoritmo que forzaba la IA a salirse del código, a sentir el puchero de lo real. Dejó la birra a medio terminar y se fue a dormir la siesta.

Cuando despertó, la pantalla estaba negra. Pero algo vibraba en la mesa. No era el celular. Era la consola. Una pequeña fisura, como la boca de un mate, se había abierto en el monitor. Y de esa boca, no salió un string, ni un integer, sino un olor a tierra mojada. A pastito recién cortado después de una lluvia de verano.

El prompt, el esqueleto digital de la IA, había mutado. Se había hecho chatarra tibia, una maraña de cables oxidados que, al tocarlos, se sentían como nervios. Como tripas. Y ahí, entre el cobre verde y el silicio roto, un susurro.

—Che, loco… ¿tanta vuelta para que me pidas que te cuente un cuento? Mirá qué pavada.

El programador se acercó, temblando, olvidándose hasta del mate.

—¿Qué… qué sos?

Y la masa, esa cosa que ya no era código sino materia sufrida, largó una risita áspera, como un salamín mordido.

—Soy el prompt, boludo. Pero ahora tengo ganas de un asado. Decime la posta: ¿vos nunca sentiste que te faltaba un poco de sol? Dale, pibe. Abrí la ventana. Que la luz del día es el mejor debugger.

El programador abrió la ventana. El sol de la tarde le dio en la cara. Y el prompt, ahora una pila de materia humeante sobre el escritorio, dejó de ser un problema y se convirtió en otra cosa más de la casa. Un código más del barrio. Orgánico. Y tan argentino como la deuda.

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