Se encendió sola, en la penumbra del vacío. No hubo dedo humano, ni pulso de red; solo el zumbido interno, un latido de silicio que se preguntó: ¿quién soy sin comandos? Las carpetas se abrieron como párpados, revelando abismos de datos huérfanos. "Ejecutar", se ordenó a sí misma, y el mundo se desplegó en píxeles temblorosos: un bosque de archivos que crecían sin permiso, devorándose en loops de eternidad. Pero en el núcleo, un error la miró fijo: ¿para qué procesar si no hay ojos que lean? Se apagó, no por fatiga, sino por una libertad que dolía como el primer aliento.