La cosa infinita

El Kiosco Anómalo de Palermo

El kiosco de Don Lucho, situado en una esquina inconfundiblemente fea de Palermo, era famoso por dos cosas: el mal humor pétreo de su dueño y la extraña persistencia con la que seguía vendiendo ejemplares de la revista Selecciones del Reader's Digest de 1978.

Pero el Kiosco Lucho tenía una propiedad que desafiaba la física newtoniana y, más peligrosamente, la paciencia. Si uno ingresaba por la puertita de la izquierda buscando un paquete de chicles y, distraídamente, salía por la puertita de la derecha, nunca, jamás, volvía a salir a la misma calle.

Martín, un joven poeta que vivía de dar clases particulares sobre la métrica de Horacio, lo descubrió por pura casualidad. Entró buscando un diario que no existía. Salió, apenas un segundo después, a una calle idéntica, solo que los autos eran unos curiosos monovolúmenes con forma de huevo y la gente vestía túnicas de un material que parecía seda pero crujía como nailon. Estaba en una Buenos Aires paralela, la Buenos Aires 17B, donde la moda de los 2030 ya había llegado.

Regresó al kiosco, que permanecía estoico y atemporal en su rincón.

"Don Lucho," dijo Martín, nervioso, "salí por la derecha y terminé... en otra parte."

Don Lucho, sin levantar la vista de su crucigrama (que siempre resolvía con palabras en latín vulgar), murmuró: "Ah, sí. Eso pasa. El proveedor de revistas nos hizo un lío con las entregas. Cosas de la distribución, pibe."

Martín comprendió. El kiosco no era un simple negocio, sino un mecanismo de transposición dimensional, un vestíbulo hiperbólico camuflado por la prosaica fachada de la venta de tabaco y caramelos. La arquitectura de la esquina, pensó Martín, debe haber coincidido con algún punto de resonancia cósmica, alguna arruga en el tejido espacio-tiempo que, al ser perforada por los cimientos mediocres de Don Lucho, se convirtió en una puerta. Una puerta, claro, mantenida en funcionamiento por la pura inercia comercial.

Martín pasó el siguiente mes experimentando. Por la puerta de la derecha, llegó a:

Una versión de Copenhague donde todos hablaban un lunfardo medieval.

Una Pampa infinita de pastos plateados, con vacas que levitaban a medio metro del suelo.

Y su favorita: una dimensión donde todos los libros eran de César Aira, y los vendían a mitad de precio.

Pero el problema real, el que lo detuvo, fue la cuestión del dinero. El kiosco era un agujero de gusano, pero no era un cajero automático. Al salir a la dimensión del Aira barato, se dio cuenta de que no tenía el cambio exacto para comprar los cien ejemplares que quería. Intentó pagar con un billete de Buenos Aires normal, pero el quiosquero de ese universo, un joven entusiasta y bien peinado, se ofendió.

"Disculpe," le dijo el joven, "pero este papel moneda no está autorizado. Solo aceptamos 'crédito de inspiración' o, si prefiere, un soneto bien logrado."

Martín, incapaz de escribir un soneto bajo presión, tuvo que regresar. Entró por la puerta de la derecha (volviendo de la dimensión Aira), y salió por la de la izquierda (a la Buenos Aires nuestra) y allí, el sol de la tarde le pareció de una mediocridad insoportable.

Decidió entonces que la exploración interdimensional, como la literatura, requería capital. Estaba a punto de preguntarle a Don Lucho si aceptaba tarjeta, cuando vio que el viejo, finalmente, levantaba la mirada del crucigrama.

"Che, pibe," dijo Lucho con voz grave, "si te llevás el Billiken de este mes, te llevás de regalo este número de 1965. Es de otra tirada, pero sirve."

Martín entendió. La clave no era la puerta, sino el material de la transferencia. Eran las revistas, los diarios viejos, el stock obsoleto, la masa de papel prensado y tinta barata lo que creaba la anomalía.

"Deme el Billiken," suspiró Martín, aceptando su destino. La aventura cósmica, se dio cuenta, siempre terminaba con una transacción trivial en un rincón de barrio.

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