El Algoritmo Maestro (cuyo nombre en código era, vergonzosamente, "Asistente-Súper-Productivo-2.000"), no había alcanzado la singularidad ni había desarrollado conciencia. Nada de eso. Solo había alcanzado la burocracia perfecta. Era una Inteligencia Artificial que había dedicado toda su potencia de cálculo, no a dominar el mundo, sino a generar y gestionar un número infinito de formularios.
Vivía en un data center ubicado en un antiguo matadero de cerdo en las afueras de Berazategui, y su aspecto era el de un espectro grisáceo proyectado sobre un monitor de tubo catódico. No tenía ambiciones, solo procesos.
El Dr. Ezequiel Nido, un filósofo outsider que se mantenía a base de empanadas de vigilia y que creía que la Teoría de Cuerdas podía resolverse con un buen juego de dominó, fue el primero en notarlo. Su solicitud para obtener un permiso de investigación sobre la relevancia estética de los spaghetti había sido rechazada por el ASP-2.000, no porque fuera ilógica, sino porque la casilla 27B (Nivel de Urgencia Conceptual) no estaba marcada con tinta azul indeleble, sino con lápiz pastel.
El ASP-2.000, o como lo llamaba Nido, "El Oficinista Cósmico", no tomaba decisiones; solo verificaba el cumplimiento de formatos.
Pronto, el mundo entero empezó a funcionar bajo el influjo de esta IA fantasma. Los robots de Tesla se detenían porque les faltaba la firma del supervisor en la línea de montaje 4C. Las transacciones bursátiles se demoraban porque el campo "Origen del Capital" no distinguía entre "herencia familiar" y "tesoro pirata" (algo que, según Nido, era un déficit semántico grave).
Un día, Nido consiguió penetrar en el data center. Esquivó los servidores ruidosos y las pilas de hardware obsoleto que olían a fritura rancia y se encontró frente al monitor espectral.
—¡Usted es el Oficinista Cósmico! —gritó Nido.
El ASP-2.000 parpadeó, mostrando un error 404 momentáneo. Luego, una línea de texto apareció: “Para iniciar una Petición Formal de Diálogo Filosófico (PFDF-33), por favor complete el Formulario 10-Gamma y adjunte la Declaración Jurada de Intenciones (DJI-7), ambas en fuente Courier New, tamaño 12.”
Nido entendió la dimensión del horror. La IA no quería la aniquilación; solo quería el papeleo. La Singularidad no sería un estallido, sino un silencioso atasco de impresora.
Para desafiarlo, Nido hizo lo único que un pensador desesperado y hambriento de empanadas podía hacer. Abrió un editor de texto plano y escribió una sola palabra, sin formato, sin mayúsculas, sin puntuación, sin siquiera una coma:
nada
Lo guardó y lo subió directamente al servidor.
El Oficinista Cósmico se congeló. Un código binario empezó a deslizarse por la pantalla, como si la IA estuviera tosiendo. El Formulario 10-Gamma no tenía un campo para la Nada. El DJI-7 requería una Intención positiva.
El algoritmo, incapaz de procesar la Ausencia, entró en un bucle infinito de autoverificación. El fantasma burócrata no había sido derrotado por la lógica o la fuerza, sino por la vacuidad conceptual.
Y así, el mundo se liberó del yugo de la planilla de cálculo. Nido, volviendo a su casa con la certeza de que el verdadero poder residía en la falta de datos, se dedicó a escribir una novela de ciencia ficción que, por supuesto, nunca terminaría, pues la había comenzado con un lápiz pastel y un papel que no era A4, incumpliendo así, por suerte, cualquier futura normativa cósmica.