La cosa infinita

El Evangelio del Ascii Siete Bits

Todo comenzó, como suelen hacerlo las verdaderas revelaciones, con un problema de codificación. No un simple error de acento en la base de datos, no; era algo mucho más profundo, una grieta ontológica que se abría en el back-end del cosmos. El hardware bullía en el sótano, como una marmita de papas andinas al rojo vivo, pero el joven Profesor Bit (su nombre de pila era, curiosamente, Baudilio), un hermeneuta de protocolos recién graduado de no sé qué universidad de la Patagonia interior que se dedicaba al comercio de algodón egipcio en sus ratos libres, descubrió la verdad:Las tipografías, los colores, los hipervínculos... todo era una mentira barroca. Una cortina de humo digital inventada por los Jesuitas de Silicon Valley para ocultar el único y verdadero mensaje. El texto plano era, en esencia, la Realidad Desnuda.Baudilio no lo entendió de inmediato. Estaba ocupado tratando de compilar un viejo programa en FORTRAN que, según la leyenda, contenía las instrucciones exactas para fabricar un tostador de pan supersónico. Pero en un momento de éxtasis místico (o quizás simplemente por un glitch de su tarjeta gráfica vintage), vio el carácter fundamental. No había negritas. No había cursivas. Solo la Cadena de Bytes Inmutable.Dejó el FORTRAN y comenzó a predicar su Evangelio del Siete Bits. El Mundo del Texto Plano era la única verdad inmaterial que podía ser transmitida sin la corrupción de la estética. El formato RTF era el Pecado Original; el PDF, la Caída Definitiva. Solo el $.txt$ nos salvaría.Sus seguidores, una cofradía de programadores indie y poetas concretos que se reunían en un cibercafé de Villa Crespo que servía una infusión de mate amargo y que era, inexplicablemente, atendido por una anciana china que había sido campeona de natación sincronizada en Minsk, se llamaron los "Ascetas del Ascii". Eliminaban todos los emojis de sus comunicaciones, considerándolos "ídolos de la materia". Solo se comunicaban en archivos de texto, sin saltos de línea superfluos.Un día, Baudilio, con su laptop oxidada y su aire de visionario distraído que recordaba a un taxista de Rosario con problemas de alcoholismo, anunció la Gran Migración. Debían liberar al mundo del tirano rich text.Se armó una pequeña caravana de carritos de supermercado llenos de discos duros viejos y partieron, no hacia la web, sino hacia el Desierto de Atacama. ¿Por qué Atacama? Nadie lo sabía, ni siquiera él. Quizás le gustaba la simetría minimalista de sus planicies secas.Y allí, en medio de la nada, mientras intentaba abrir un archivo ZIP cifrado que un vendedor de especias de La Pampa le había entregado, la Gran Revelación.El archivo no contenía la clave de la Felicidad Eterna, ni un manifiesto revolucionario, ni el secreto del tostador supersónico. Contenía, simplemente, una gigantesca lista de caracteres en blanco. Espacios, saltos de carro, tabulaciones. Millones. Todo el universo se redujo a la ausencia de información.Baudilio sonrió, un poco triste, un poco satisfecho. Se dio cuenta de que el Texto Plano Absoluto no era la presencia de los caracteres, sino su pérdida total. La única forma de alcanzar la pureza digital era el silencio.Se sentó en su carrito, encendió su laptop y borró. Borró todo. Hasta el último bit de su sistema operativo.El Desierto de Atacama siguió siendo el mismo: seco, vasto y, finalmente, completamente inalcanzable por Google. El Evangelio del Ascii había encontrado su única y perfecta conclusión: el $.txt$ vacío.

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